El costo de encajar; una reflexión tras la partida de Yulixa Toloza
¿Cuánto cuesta encajar en los estándares de belleza actuales? La respuesta, tristemente, a veces es la vida misma. Vivimos bajo la dictadura de una estética artificial, alimentada por pantallas y algoritmos, que casi obliga a hombres y mujeres a someterse a cirugías extremas, dietas restrictivas y excesos físicos con tal de sobresalir o, simplemente, de ser aceptados.
Detrás de cada procedimiento estético clandestino o de dudosa procedencia, muchas veces no hay vanidad superficial; hay un deseo profundo y humano de agradar a los demás. Un anhelo de aceptación que, en este sistema, nos enseña a silenciar nuestros propios deseos, a ignorar el instinto de preservación y a dejar a un lado lo que realmente sentimos con tal de recibir la aprobación del entorno. Es una dolorosa paradoja: buscar el amor de los demás olvidándonos del amor propio, perdiendo la capacidad de ponernos límites y de decir "mi cuerpo y mi vida valen más que un aplauso ajeno".
Pero esta tragedia también tiene responsables con nombres e instituciones claras. Mientras las personas lidian con sus propias batallas de aceptación, en la calle opera el negocio de la muerte. Es inadmisible que, existiendo tantos entes de control, secretarías de salud e instituciones creadas supuestamente para vigilar y garantizar la seguridad de los ciudadanos, sigan siendo incapaces de prevenir estos "accidentes" que de accidentales no tienen nada. La falta de ética de quienes ejercen sin escrúpulos se nutre directamente de la falta de rigurosidad de las autoridades que deben vigilar.
La historia de Yulixa se apaga temprano, dejándonos una lección urgente. Que su memoria nos sirva para revisar cómo nos estamos mirando al espejo, qué mensajes les estamos enviando a las nuevas generaciones y, sobre todo, para exigir garantías reales. No se pueden seguir perdiendo vidas por la desidia institucional y por un mundo que nos convence de que para ser alguien, primero hay que encajar en un molde.
Paz en su tumba y tranquilidad para su familia, que a pesar de los malos seres humanos, que acompañaron sus últimos minutos, pudieron recuperar el cuerpo de su ser amado, para llorar y clamar justicia sin la incertidumbre de no saber donde reposaba su cuerpo abandonado.
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